Samurais, geishas, templos y santuarios: ¡nos vamos al Japón!

 

Publicado por Jorge Traver

El Willy Fog madrileño

Japón es sin duda uno de los lugares del mundo por los que merece la pena pasar muchas horas a bordo de un avión.

Es un destino sorprendente, un país lleno de contrastes que a nadie deja indiferente. Su historia milenaria está presente de norte a sur y de este a oeste, tanto en las grandes ciudades como en los enclaves más pequeños, y convive en perfecta armonía con la futurista sociedad en la que se mueven sus gentes, amables, educadas y corteses en grado sumo.  

Quizá sea éste civismo lo que primero llama la atención de quien visita tan fascinante país, además de la limpieza y pulcritud de calles y edificios. Pero serán sus templos budistas, sus santuarios sintoístas, los castillos feudales de Kumamoto, Matsumoto y Himeji, patrimonio de la Humanidad, las estrechas calles del viejo barrio de Gión en Kioto, las espectaculares vistas del mar interior y los puentes de Kurushima que se tienen desde el observatorio de Kiro-san, en la isla de Omishima, los viajes en el famoso tren bala, o los espectaculares rascacielos del barrio de Roppongi, en Tokio, las imágenes que se quedarán grabadas en la retina y el corazón del viajero. Sin olvidar, por supuesto, el impacto emocional que supone acercarse a la Hiroshima en que cayó la bomba atómica a visitar el Parque Memorial de la Paz y su Museo.

Comenzar el recorrido por la antigua y milenaria capital del Japón, Kioto, supone hacerlo desde el corazón mismo de la tradición. Situada a pocos kilómetros de Osaka, esta bellísima ciudad, que continúa siendo el centro cultural de la nación, nos ofrece un sinfín de tesoros en forma de palacios, templos y santuarios. El castillo de Nijo, el templo de Kinkakuji, más conocido como el Pabellón de Oro o el santuario de Heian son los mejores ejemplos de ello. Pero serán dos largos y relajados paseos los que convertirán en inolvidable nuestra estancia aquí: el recorrido por el Paseo del filósofo, romántico y evocador, y el del viejo barrio de Gión, en cuyas estrechas callejuelas podremos toparnos a la caída de la tarde, si la suerte está de nuestro lado, con alguna verdadera geisha camino de una casa de té.

 

A bordo del shinkansen, el ya mencionado y conocidísimo tren bala, podríamos llegar a Tokio desde aquí en pocas horas, atravesando de Sur a Norte la isla de Hokkaido, y sumergirnos directamente en el bullicio de ésta impactante y original metrópolis. Con ello, el contraste entre la Historia y el futuro hecho presente sería enorme. Habríamos viajado más de mil años sin darnos casi cuenta, observando atónitos desde el tren lo que realmente significa el término superpoblación, pues apenas quedan parajes sin urbanizar a lo largo de todo el recorrido. La capital, una ciudad que nunca duerme, es en sí misma un universo en expansión, en donde un paseo por el río Sumida puede ofrecernos unas vistas que nada tienen que ver con las que encontraremos en el barrio de Ginza, el más caro del mundo. Pasear por el centro financiero y comercial de la urbe, el barrio de Shinjuku, o visitar la impactante arquitectura concentrada en Roppongi Hills son también experiencias que hay que vivir, sin olvidar que a la vuelta de cualquier esquina nos podemos encontrar con alguno de sus hermosos jardines zen.

Pero realizar así el viaje nos privaría de conocer parajes tan asombrosos como Ogi-machi y sus casas rurales construidas en madera y con los tejados de paja; o de visitar en Kanazawa, situada antaño en pleno Japón feudal, el distrito Nagamachi y sus casas Samurai; o de admirar el Gran Buda Daibutsu, la mayor estatua de Buda en bronce del mundo en el Templo de Todaiji, en Nara.

Y nos privaría también, y eso sería imperdonable, de la posibilidad de dormir en un verdadero templo de monjes budistas en pleno Monte Koya, compartiendo con ellos tatami, comida vegetariana y rezos matinales, así como de la experiencia tan inolvidable que supone alojarse en un Ryokan-Onsen en Hakone y disfrutar de sus aguas termales, por no mencionar las numerosas delicias culinarias que dejaríamos de probar, y que convierten cada jornada en un placer distinto para nuestros paladares.